
Ahora me dedico a mí misma. He pasado noches en vela, con ojeras que nadie entiende, pero que yo sé que son el resultado de mis propias reflexiones y luchas internas.
Durante años, me esforcé por entender por qué la gente hace lo que hace. Me preguntaba constantemente por qué las personas toman ciertas decisiones, por qué actúan de cierta manera. Pero un día, finalmente entendí que las cosas pasan porque alguien eligió hacerlas. Y que no es mi responsabilidad entender sus decisiones.
Ese día, decidí que mi vida no dependía de los demás, sino de mí misma. Así que me dí permiso para vivir mi vida como yo quería. Me regalé tranquilidad, porque había aprendido mucho de mis experiencias. Me permití abrir una botella de vino sin motivo alguno, simplemente porque disfruto de mi propia compañía.
Me dediqué a escuchar canciones que me hacían sentir bien, sin arrepentimientos ni culpas. Me regalé flores y obsequios, porque me lo merecía. Y cuando salía a caminar por las calles, me encontraba con gente de mi pasado que me traían risas y alegría.
Mi corazón había dado mucho, y había cargado dolores que quizás habían roto a otros hace tiempo. Pero yo había aprendido a sanar, a reconstruirme y a levantarme de nuevo. Había enfrentado tormentas que me habían dejado temblando, pero no me habían roto.
Soy una guerrera, porque elegí seguir adelante a pesar de todo. Soy fuerte, porque he aprendido a proteger mi corazón. Y soy libre, porque he decidido vivir mi vida como yo quiero.
Así que cuando la gente habla de mí, puedo sonreír y saber que soy una mujer que ha superado obstáculos y ha salido más fuerte y resiliente. Soy una mujer que ha aprendido a amarse a sí misma, y que ha decidido vivir su vida con propósito y pasión.
Hay conversaciones que valen la pena tener cuando la otra persona es importante para nosotros. Pero también hay momentos en que es mejor dejar ir y no invertir tiempo y energía en alguien que ya no nos importa.
Yo he tomado la decisión de no ser una flor delicada que necesita constantemente ser regada y cuidada para sobrevivir. En su lugar, he elegido ser un árbol roble fuerte y resistente, capaz de soportar tormentas y sequías sin necesidad de atención constante.
El árbol roble es un símbolo de fortaleza y resiliencia, y es exactamente lo que quiero ser. No necesito que me rieguen ni que me hablen para vivir; soy un árbol terco, duro e inquebrantable que puede enfrentar cualquier desafío que se presente en mi camino.
https://www.instagram.com/vidamia_wellness?igsh=N215ZHUyd3J5dHAy


Deja un comentario